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Batallitas de jubilados

Por Despegamos

De vez en cuando, salgo a pasear con algunos amigos. Caminamos de prisa,
cumpliendo a rajatabla lo que los médicos nos mandan. Aprovechamos para recordar viejas
historias, contar anécdotas de compañeros vivos o muertos y olvidados. Hablamos mal de
los políticos, de cualquier ideología, etc. Esta mañana, Miguel Ángel me cuenta una película que
ha visto, Flight, creo que se llama.

Cuando termina me pregunta si un avión comercial puede volar invertido. Ambos
tenemos una dilatada experiencia profesional sobre el tema, por lo que la pregunta no es baladí.
– No sé – le contesto, aunque añado – una vez oí contar a Nebreda que en un
vuelo de prueba de un DC-9, vio por el parabrisas, el horizonte en posición
vertical.

El tema puede dar para largo, pues enlaza con otra experiencia, esta vez en un
vuelo a París. Como el avión iba lleno el comandante le permitió ir en la cabina. Algunas
veces tenían esa deferencia. Cuenta que, cuando llegaban, el comandante comenzó
a preocuparse porque el avión no respondía a los movimientos de la palanca. Sus
movimientos los acompañaba con palabras malsonantes. Miguel Ángel se dio cuenta que
tenían el piloto automático conectado por lo que era natural que el avión no respondiese.

Me cuenta que por nada del mundo se lo hubiese dicho.
– ¿Por qué? –le pregunto.
– ¿Yo? Si se lo hubiese dicho me hubiese tirado por la ventanilla.
Estoy de acuerdo con él.

El calor a esas horas ya es fuerte por lo que, sin dudar, nos guarecemos bajo el
toldo de la terraza de un bar. Es pronto, todavía no hay nadie, por lo que la chica al cargo se
nos acerca y pregunta qué queremos.

– Dos cañas – contestamos al unísono.

– ¿Dos o una para cada uno? – inquiere.
– De momento una para cada uno- contesta, riendo, Miguel Ángel, apreciando el
buen humor de la chica.

Continuamos con nuestro tema.
– A mí nunca me ha pasado nada –prosigo yo– pero a José Luis sí le han pasado
varias. Una vez me contó que, haciendo un vuelo de prueba con un DC-8/
52, sacaron la manguera de vaciado rápido de combustible y cuando fueron a
recogerla no pudieron. Allí se quedaron, a 9000 metros de altura y vaciándose
los tanques. Tuvieron que hacer un aterrizaje de emergencia en Matacán, eso sí,
regando de combustible la pista.

– Menos mal que no se les bloqueó ningún freno, si no, no lo hubieran contado.
– En otra ocasión, volviendo de un vuelo de prueba de un Caravelle, en la
aproximación oyeron por la radio que daban la misma pista a un avión de
Spantax. Extrañados, se pusieron a mirar a su alrededor no viendo nada. A
uno se le ocurrió mirar para arriba y se quedó helado. Las ruedas del avión
de Spantax, casi las tenían metidas en la cabina. El piloto tuvo que hacer una
maniobra muy brusca para salir de allí. Después del vuelo dio un parte del
controlador de vuelo de turno.

En ese momento llega la chica con las cañas.

– Lo más duro que yo he vivido fue un vuelo de prueba con un DC-9. No sé si
te acuerdas de aquel avión que, al despegar, dieron con la cola en el suelo. El
golpe fue tan fuerte que deformaron la última cuaderna. Hubo que reconstruir
toda aquella parte del avión. El vuelo de prueba subsiguiente fue fuerte. Treinta y
tres entradas en pérdida. Cuando aterrizamos eché hasta la primera papilla.

Así continuamos hasta que se nos acabaron las historias y agotamos las dos cañas
y otras dos cañas más. Concluimos que un avión comercial no puede volar invertido,
puesto que eso no lo hemos visto y experimentado nunca. El celuloide, igual que el papel,
lo aguanta todo. Después hubo un prolongado silencio. No pude evitar recordar la primera
secuencia de la película “Campanadas a medianoche” de Orson Welles. “ ¡La de cosas que
hemos vivido, sí, nosotros oímos las campanadas a medianoche. La de cosas que hemos
vivido! “ Nosotros también hemos vivido muchas cosas, por eso es difícil que nos engañen.

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