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Claustrofobia

Por Despegamos
claustrofobia, hombre detrás de una cortina
El comienzo, sintiendo la claustrofobia

Valentín y yo entregamos nuestras respectivas tarjetas de embarque. La empleada nos las cortó y pasamos al finger. Íbamos a Frankfurt, a una convención, representando a la empresa para la que trabajábamos.

Valentín debía hacer una presentación muy importante para la misma. Apenas habíamos recorrido unos pocos metros del pasillo del finger, cuando Valentín me tomó por el brazo y me detuvo (la claustrofobia aumentaba).

– ¿Qué pasa?- le pregunté.
Estaba muy serio. Ya lo noté cuando nos encontramos en el mostrador de facturación. Esto me extrañó, Valentín era un hombre bajito, rechoncho y mofletudo. El típico gordito siempre con la sonrisa en los labios, de esos que te hacen pensar que los gordos nunca están tristes.

– ¿Qué te ocurre?- le volví a preguntar.
Dudó antes de contestarme.
– Tengo claustrofobia y tengo pánico a volar-. Me espetó.
Eso era lo que menos me esperaba ¡Qué contratiempo!, podría haberlo dicho antes, pensé.
– ¿Quieres que volvamos? Podemos hablar con la empleada de la compañía. Quédate. Puedo hacer el viaje yo solo.
– No, no. Este viaje es muy importante para mí. Durante estos días he pensado mucho. Este viaje es importante pero, por otro lado está mi claustrofobia, mi miedo a volar. He pensado que debo enfrentarme a estos demonios interiores que me corroen. Todavía anoche estuve a punto de llamarte diciendo que estaba enfermo. Realmente era verdad, me sentía descompuesto. No he pegado ojo en toda la noche.
Solo entonces me fijé en sus profundas ojeras.
– De verdad, quédate no sufras-, le dije.
– No, no.- volvió a contestarme. -Ya he tomado la decisión. Iré. Sólo quería que lo supieras, por si me ocurre algo.

El asunto me preocupó. Soy persona que no gusta llamar la atención. Lo que menos quería era verme envuelto en un ataque de histeria de mi compañero.

Llegando al destino

Continuamos nuestro camino, el tiempo de conversación había hecho que fuéramos los últimos. La azafata nos apremió desde la puerta, por lo que tuvimos que correr los últimos metros.

Una vez dentro del avión nos dirigimos a nuestros respectivos asientos.
Valentín me cedió el suyo, que era el de ventanilla.
Nos sentamos. Valentín no decía nada, sacó su smartphone, lo apagó, lo guardó de nuevo, se abrochó el cinturón y se mantuvo quieto con la mirada fija en algún punto más allá del respaldo del asiento delantero.

La tripulación comenzó con su rutina, bienvenida a los pasajeros, cierre de puertas, armado de rampas, actuación en caso de emergencia, etc.

Terminaban ya cuando el avión se puso en movimiento, rumbo a la pista de despegue. Entretanto, yo no quitaba ojo a Valentín, veía como el pavor se dibujaba en su cara. Traté de hablarle, pero fue inútil. Sólo me contestaba con ligeros movimientos de cabeza. Entonces tuve una luminosa idea. Recordé que en las preparaciones al parto que hizo mi esposa, le
hacían respirar profundamente por la nariz y expulsar por la boca. Se lo dije así a Valentín. Éste me miró con ojos vidriosos, pero me hizo caso.
Muy lentamente al principio, pero más rápidamente después, empezó con sus ejercicios respiratorios. Pensé que, con lo guasona que era mi mujer, ella apreciaría vivamente esa escena si pudiera vernos.

Despegábamos

El comandante nos avisó que procedíamos a efectuar el despegue. Siempre me ha llamado la atención este momento, en que abandonamos el familiar suelo para adentrarnos en un medio que no es el nuestro. Volando, yo también tengo mis manías, una de ellas es medir el tiempo desde que el avión se pone en movimiento hasta que despega, otra es estar pendiente de los ruidos que hacen las piezas al moverse convirtiendo al avión de vehículo terrestre en aéreo.

Las turbinas aumentaron su ruido, desde un ligero ronroneo, hasta un alarido continuo, el grito de dolor del aire al pasar por el motor y ser comprimido, quemado y expandido brutalmente.

El avión se puso en movimiento, lentamente al principio, pero cada vez mas rápido, hasta que sin darnos cuenta, ya estábamos en el aire. 36 segundos, me dije, mirando el reloj y anotándolo en mi bloc de notas. Después la sinfonía de ruidos, un ruido chillón indicaba que los flaps se estaban metiendo en su alojamiento. El tren de aterrizaje, con un sonido bronco, también se estaba retirando a su casa, que cerraba con un portazo brutal seguido de un cerrojazo. Con una sonrisa, recordé que un amigo mío, llamaba a todo esto “recoger el trapo” en referencia a los antiguos barcos de vela.

Todo quedó en un susto

Miré a Valentín, seguía con sus ejercicios respiratorios.
Sorprendentemente, le encontré más tranquilo.
– ¿Qué tal?- le pregunté.- Bien- me contestó.
Esperé un cuarto de hora para hablarle de nuevo.
– ¿Qué tal?- le pregunté de nuevo. – Bien-, volvió a contestarme.
Me animé a entablar una conversación.- ¿Cómo has llegado a esto? ¿Has ido algún médico?.
– No- me contestó. –Yo sé por qué me pasa esto.
La confianza que estaba naciendo entre nosotros le animó a contarme su historia.
Me relató algo realmente sórdido. Era hijo único de una dulce mujer que quedo viuda a edad muy joven. Quiso rehacer su vida con otro hombre, pero lo hizo con el hombre equivocado, que la maltrató a ella y a su hijo.
Me contó como, por la menor travesura, lo encerraba en un sótano oscuro y allí lo mantenía durante horas. Horas de llanto y de miedo totalmente a oscuras. Me contó su terror cuando, cesado el llanto, se acurrucaba en un rincón, pendiente de cualquier ruido. En aquella época, nació su pavor a los sitios cerrados.- Ahora mismo-, me dijo, -aunque me ves tranquilo, tengo una desazón y una angustia tremendos. Por favor,- me rogó-, continúa dándome conversación. Hazme hablar. Mantenme distraído-

Un trato personal

Continué interesándome por su vida por lo que continuó hablando. Me contó cosas sorprendentes. La única borrachera de su vida la cogió, cuando aquel hombre murió. Sintió entonces que le libraban de un peso enorme. Su madre también se sintió liberada, pues mandó que le pusieran en el ataúd boca abajo, -para que no vuelva-, dijo sin más explicaciones.
Seguimos así el resto del vuelo. Cuando desembarcamos, volví a verle como yo le conocía, jovial y con una sonrisa en la boca.
Ya veremos que pasa en el vuelo de vuelta, pensé para mis adentros.

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