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HOUSTON, TENEMOS UN PROBLEMA

Por Despegamos
agujero negro

Houston, tenemos un problema

Houston tenemos un problema. El profesor Harper, Director del CERN, miró el grupo de sus colaboradores, sentados en torno a la gran mesa, mientras el Dr. Smith concluía sus explicaciones en la pizarra.
– …y lo tenemos confinado en la zona de observación del Acelerador de partículas. Esta ahí desde anoche y no se ha movido. Parece que los campos magnéticos son
suficientemente fuertes para mantenerlo quieto. Ha absorbido todo lo que hay en su entorno. Podemos decir que la zona de observación del acelerador de partículas está el vacío mas grande creado por el hombre. He encargado al Dr. Peribañez que no se mueva del monitor y nos avise si hay alguna novedad-.

Cuando hubo terminado, el Dr. Smith se sentó en su silla. En sus ojeras se notaba su profundo cansancio.
El profesor Harper volvió a mirar a sus colaboradores, mientras con los dedos tamborileaba en la mesa.
-¿Sugerencias?-, inquirió.
Nadie contestó.
Harper recordó la aventura del Apolo XIII. Él, entonces era un niño, pero se acordaba perfectamente de aquella frase que salió en todos los periódicos de la época: -Houston, tenemos un problema-. La situación era la misma. La Tierra era el Apolo XIII y había un problema. La diferencia era que no había ningún Houston a donde llamar.
-¿qué podía hacer?-, pensó ,¿llamaba al secretario de las Naciones Unidas, al Parlamento Europeo, al Presidente de los Estados Unidos? Y ¿qué les contaría? La Física se había vuelto tan abstracta que manejaba conceptos difícilmente expresables con el lenguaje corriente-.

Partículas elementales

Harper se dirigió al dr. Perraux, sentado a su derecha. Era, quizás, uno de los hombres que más sabía sobre partículas elementales. A pesar de ello, el miedo que reflejaba su cara era el diagnóstico más claro de la gravedad de la situación.
– Maurice. Dime algo, por favor-. Suplicó, más que insistió, dirigiéndose a Perraux Maurice Perraux se sobrepuso a su abatido estado de animo y habló así, mientras el resto permanecía mudo:
– Una situación como la que estamos viviendo es compatible con las ecuaciones del modelo estándar, sin embargo, las ecuaciones predicen que la probabilidad de que se produzca es pequeñísima, pero no nula .Si, además, se produjera, sería inestable y duraría sólo unos milisegundos. Lo que la realidad nos ha mostrado es que la probabilidad no es tan pequeña como dicen las ecuaciones y además es estable. Estamos ante lo que tantas veces ha ocurrido en la historia de la ciencia que un experimento invalida una teoría y hay que modificarla-.

-Maurice, repuso Harper, eso no resuelve el problema. El modelo estándar es fruto del trabajo de muchos físicos durante muchos años y se espera perfeccionarlo aun más con los experimentos que se hacen aquí. Lo que dices puede llevar años y, tal vez, nos diga cómo se ha producido, pero no cómo eliminarlo. Ese es nuestro problema y debemos resolverlo ahora-. Puso énfasis en esta última palabra. Continuó:- Los que estamos aquí somos los que realmente conocemos la situación. Si la información llega a los técnicos, y al personal subalterno, se producirá una desbandada y nosotros solos no podremos controlar el acelerador. Si esto ocurre, el acelerador se descontrolará y “eso”,- no se atrevía a llamarlo agujero negro, -tocará cualquier pieza del acelerador y la absorberá y detrás todo el planeta con la humanidad dentro-.

Tomó la calculadora que tenía delante de sí y, mientras la manipulaba haciendo cálculos, continuó:- esto significa que nuestro planeta quedará reducido a una bola de un radio de -se sorprendió al leer el número– de 240 metros.
– ¿Sugerencias-, volvió a dirigirse al grupo. Un joven físico, von Daniken, con inclinaciones místicas, un bicho raro según alguno de sus compañeros, le respondió: – yo tengo una-.

Un murmullo agitó la concurrencia

-Puesto que no podemos hacer nada mejor que lo que estamos haciendo y esto parece que es efectivo, sigamos haciéndolo. Convirtámonos en una especie de monjes, encargados de vigilar y controlar que el agujero negro no se mueva. Primero nosotros, después nuestros hijos y luego, los hijos de nuestros hijos y así hasta el fin de la humanidad. Tal vez estamos asistiendo al nacimiento de un mito-.
Harper se contuvo para no tirarle la calculadora, aunque en el fondo, reconocía que, de momento, era la única opción.
En aquel momento se oyeron fuera unos pasos que se acercaban a la carrera. Harper temió lo peor.
La puerta se abrió bruscamente y apareció un Peribañez sofocado que gritó:
–¡¡Ya no está!! ¡¡Ha desaparecido!!

Aquello se convirtió en una reunión de locos, liberadora de la tensión acumulada.
Perraux lloraba a moco tendido, Smith daba saltos de alegría, olvidándose de su cansancio. Von Daniken, con tristeza, por no poder ser abad de la Congregación de monjes adoradores del Santo Agujero. Todo eran preguntas a Peribañez.
Harper suspiró aliviado, sobre todo por no tener que dar explicaciones embarazosas.
Una vez que consiguió acallar a sus compañeros les habló: – Esto nos debe servir de lección para el futuro, no podemos explorar selvas desconocidas sin rifle y sin salakof.
Por mi parte suspendo estos trabajos hasta que no sepamos por qué se ha producido.
Pueden irse-
Mientras decía esto, se oyó un gran estruendo en el exterior. La tormenta que estaba amenazando toda la tarde, descargó por fín como si la Naturaleza se hubiese liberado
también de la tensión acumulada.

Inconscientemente, Harper miró el paragüero situado junto a la puerta. Contempló distraídamente varios paraguas de colores que estaban
allí. Decidió tomar uno para volver a casa. Estaba tan contento que no le importaba llamar la atención.

Houston tenemos un problema

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