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Un paseo por el Prado

Por Despegamos

Como en otras ocasiones entré en el vagón del metro como una tromba. Sin embargo, cuando la puerta se cerró a mis espaldas, tuve la extraña sensación que mi duendecillo particular no era tal, sino un verdadero Demonio de Maxwell. Allí, en el vagón, había algunas personas sentadas, las mismas que anteriormente, en el andén habían deambulado aleatoriamente. Sentadas en el vagón estaban más ordenadas que en el andén. Por un momento me quedé quieto, con esta idea en mi mente. Tendría que pensar sobre ello más tarde.

Una vez sentado, me fijé en un señor que me miraba con curiosidad. En sus piernas llevaba un PC apoyado en un soporte hinchable. Su cara delataba que estaba preguntándose de qué me conocía. Yo sí sabía quién era. Es un escritor y periodista de cierta fama que vive en un adosado del barrio. Era vecino mío cuando tenía la misma fama que yo, es decir, ninguna. Por aquel entonces lo clasificaba como maleducado, por su costumbre de no responder al saludo. Cuando me cruzaba con él tenía la sensación de ser una especie de Licenciado Vidriera hecho de cristal trasparente. Comprendo que ahora le sea difícil recordar una cara de vidrio. Cuando adquirió un poco de fama se mudó al adosado, mientras la plebe nos quedamos en nuestros pisitos. Cosas de los que se llaman progresistas.

Me bajé en Colón. En la plaza había una exposición aeronáutica del Ejército del Aire que estaba interesado en ver. Había piezas interesantes. Maquetas que se habían empleado en los túneles de viento. Un antiguo avión en proceso de reconstrucción junto a un hospital de campaña. La estrella era un simulador de vuelo; no me subí en él porque la cola para entrar en el mismo era considerable y yo tenía mi tiempo limitado. Me gustó especialmente un Texan T6 en estado de vuelo. Viéndolo me acordé de lo que solía decir un amigo mío: “el jamón, serrano, y el avión, americano”. Bueno, creo que exageraba un poco. En una carpa exponían maquetas de los aviones con los que se habían realizado los “raids” para cruzar el Atlántico Sur, el Cuatro vientos y el Jesús del Gran Poder, junto a los últimos modelos de autogiros de La Cierva. También tenían un Pratt & Whitney R-1340, seccionado en diversas partes para que se viera su interior. Siempre me ha maravillado el perfecto encaje de todas las piezas, que hacen que una serie de golpes brutales se transforme en un movimiento maravillosamente armónico. Entre el público había mucho jubilado nostálgico. Bastantes jóvenes y algunos turistas extranjeros. Estas cosas siempre gustan. Antes de marcharme me detuve un momento en la carpa que hacía las veces de cafetería, para tomar algo. La cerveza que bebí en una gran jarra de cristal, me sentó maravillosamente, pues a esa hora ya hacía calor.

De allí continué mi camino hacia la estación de Atocha, en donde había quedado citado con una de mis cuñadas. Por el camino iba reflexionado sobre lo que había visto. Todas estas cosas las han diseñado y construido gentes de a pie, personas normales, que nunca saldrán en un periódico pero que, con su trabajo humilde, han hecho más por el progreso humano que los que copan las páginas de la prensa, políticos, actores, futboleros y famosillos varios, que no llegan a estos por mucha tinta que se gaste en ellos. ¡Qué pena!

Por fin en la estación de Atocha. Está muy transformada. Los antiguos andenes son ahora un jardín tropical muy bien cuidado. Hay restaurantes y un monumento al viajero. Una gran pantalla domina la estación, en ella pasan anuncios. Me subí a la plataforma de donde salen los Aves; desde allí se domina la imponente estructura de hierro que cubre todo. Recuerdo que, cuando era niño, me gustaba venir a esta estación. Aquellas enormes máquinas de vapor que entraban resoplando pesadamente hasta pararse, me tenían alucinado. Creo que fue entonces cuando se despertó mi vocación por todo lo mecánico. En aquel entones quería ser como aquel hombre vestido con un mono azul y tocado con una boina negra, asomado a la ventanilla lateral de la locomotora, mientras daba unas chupadas a un cigarrillo, ajeno al gentío que pasaba a sus pies. De esto hará tal vez cincuenta y cinco años ¿qué habrá sido de aquél señor?

Me voy a la consigna que es donde he quedado con mi cuñada. Me siento enfrente del Burger King. Al rato, un simpático vejete, con unos enormes cascos de color rosa se acerca a una mesa donde está comiendo un matrimonio. Les ofrece los cascos para que escuchen algo. Ellos se niegan cortésmente. Él va a la siguiente mesa y hace el mismo ofrecimiento, recibiendo similar respuesta. Así hasta que encuentra a una persona que acepta su oferta. Debe ser muy interesante lo que está escuchando pues se queda un buen rato, mientras el vejete se va a comprar una hamburguesa. ¿Qué le impulsará a hacer esto? ¿Será un negocio? “Escuche Vd. El Cañón de Pachelbel por un euro”, supongo que dirá el vejete. Un amigo mío, escritor aficionado como yo, hace algo similar vendiendo sus relatos a céntimo.
No pudo llegar hasta mí porque, justo en ese momento, apareció mi cuñada, después de saludarnos nos fuimos.

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